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/ SEPTIEMBRE 2015

Las princesas que no podemos ser

Las princesas que no podemos ser

Las películas de Disney son las más consumidas por niños y niñas de todo el planeta. Los sentidos que proponen son aceptados sin problematizarse. Su mensaje es reforzado desde el marketing y el merchandising que hacen de los protagonistas habitantes casi reales en las ciudades de occidente y oriente.

Analizar las normas de género que proponen es el principal objetivo de algunos de los trabajos de Alejandra Martínez, investigadora asistente del CONICET en el Centro de Investigaciones y Estudios sobre Cultura y Sociedad (CIECS, CONICET – UNC). Para ello estudia diferentes producciones, desde Blancanieves (1937) hasta la actualidad, teniendo en cuenta el contexto histórico de su producción.

¿Por qué te centras en las películas de Disney?

En primer lugar, son las más consumidas. Segundo, me interesa el tema del colonialismo cultural. Las películas de Disney llegan a los niños latinoamericanos sin mediaciones y enseñan los mismos valores que los estadounidenses les presentan a sus propios hijos.

¿Por qué crees que estos discursos aparecen como legítimos, aún hoy y aquí?

Estas películas llegan a los pequeños de la mano de las personas en que ellos más confían: sus padres. Por eso se transforman en productos educativos indiscutibles. Además, debido a las condiciones de las formas de vida actual, los adultos dejan a los niños frente a la pantalla solos, por lo que los contenidos no suelen ser discutidos y se vuelven poderosísimos transmisores de estereotipos.

Pero además los niños encuentran algo que los interpela …

¡Claro! ¿Qué niña no va a querer ser una princesa que es bella, buena y, en consecuencia, le está destinada una vida de felicidad eterna?. Los animales, omnipresentes en estas películas, legitiman su valía, ellas no tienen que probar nada, la naturaleza las legitima. El mensaje es poderoso: quien es bella y esencialmente buena, merece la felicidad.

¿Y qué tipo de mensajes subyacen a estas historias?

El premio mayor es el amor asociado al matrimonio, pero para poder acceder a ambos, los personajes deben cumplir ciertos requisitos. En el caso de las mujeres tienen que ser bellas, bondadosas y seguir las normas sociales, porque si así no lo hicieran, entonces el premio del matrimonio, que es la puerta para la felicidad eterna, se volverá inaccesible. Es el caso de algunas películas más recientes, por ejemplo “Valiente”. Mérida es una niña rebelde que no acepta la educación que le da su madre para feminizarla y así pueda casarse con alguien acorde a su rango de princesa. Ella es lo que en nuestra cultura llamaríamos “marimacho” y las opciones que se le ofrecen para casarse son inviables desde la perspectiva Disney; los candidatos son presentados como sujetos ridículos y débiles. Entonces, como ella no cumple con las normas de género tradicionales, las opciones que se le ofrecen no son dignas y, finalmente, no se casa.

O sea que las mujeres para ser felices deben casarse… ¿qué otras características se les atribuye?

La princesa siempre es pasiva y tiene que ser rescatada por el varón, que es mostrado como activo. Las decisiones que impactan en la vida de la mujer son tomadas por el padre o el novio. Esto se relaciona con el tradicional eje de sentido producción – reproducción. Ser mujer es, desde esta mirada, ser madre, atendiendo a otros, adentro de la casa. El varón debe traer el pan. Esto no ocurre necesariamente así en nuestras sociedades, pero el discurso social -y sobre todo los productos orientados al público infantil- todavía está impregnado de esos viejos sentidos polarizados.


Esto se relaciona al poder, ¿verdad?


Absolutamente. En “Frozen”, por ejemplo, que supuestamente es un producto de ruptura, una de las protagonistas es una mujer tan poderosa que se vuelve intocable. Es reina y tiene el poder de congelar, pero es solitaria, porque tiene poderes que ningún varón puede equiparar. Entonces nadie puede acercarse a ella; ese es el precio del poder femenino.

¿Qué consecuencias tienen estos estereotipos?

Producen mucha insatisfacción. Una princesa, de acuerdo a estos think tanks, debe ser esencialmente buena, bella, rubia, blanca, delgada y agraciada en todo sentido. Pero ¿qué pasa si una no es así? ¿Qué referencia tiene una niña con otra fisonomía, etnia y/o realidad socioeconómica en la pantalla grande acerca de sus posibilidades de alcanzar la felicidad? Es previsible que surja en ella la idea: “la felicidad eterna no es para personas como yo”. O peor aún, puede pasar toda su vida intentando alcanzar un modelo que es, en realidad, inalcanzable.

Allí puede verse una concepción etnocéntrica…

Exactamente. Las princesas y los príncipes son blancos, rubios y con ojos claros. “Pocahontas”, por ejemplo, fue una de las pocas películas de Disney que no concluyó con una boda. Los protagonistas se enamoran, pero él vuelve a Inglaterra. El matrimonio interracial en Disney no es una posibilidad.

¿Cuál es la salida a esta unicidad en el discurso en cuanto a las normas de género que se transmiten?

No es fácil. Mi mayor trabajo de docencia y transferencia hoy consiste en mostrar que este tipo de productos hace infeliz a mucha gente, porque reproduce modelos inalcanzables, injustos, irreales, inequitativos. Y nos invito a pensar, ¿quién gana con esto? ¿Cuánto le conviene al sistema y al mercado que una persona se desespere por ser bella, delgada, príncipe o princesa? ¿Cuánto dinero se invierte en esa búsqueda?

Ver nota completa en el sitio web de CONICET